TENER UN PLAN B

 

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Hay que vivir el presente, de acuerdo, pero también hay que estar preparado para que los cambios que lleguen a nuestra vida de forma imprevista, los sepamos gestionar de forma inteligente.

 

Incluso cuando las cosas nos van bien, atravesamos una buena etapa o simplemente estamos cómodamente asentados en nuestra realidad, debemos ver más allá y tener un plan alternativo.

 

Cada vez se hace más evidente que el mundo en que vivimos está condenado a un futuro incierto, que eso es lo que hemos de vivir y que debemos adaptarnos a cualquier situación porque todo puede cambiar de un día para otro.

 

Vivimos en una sociedad del bienestar, en el que la máxima aspiración de mucha gente pasa por vivir tranquilo y pasárselo lo mejor posible. La inmediatez conlleva el peligro de no estar preparados para momentos de cambio. Si algo funciona hoy no está asegurado que perviva en el tiempo. Y esto se puede aplicar a cualquier ámbito (personal, empresarial, laboral, emocional…)

 

Está demostrado que los cambios drásticos en nuestra vida provocan tensión: cambio de casa, de pareja, de trabajo… Debemos acostumbrarnos a que no podemos acomodarnos, para que un cambio de situación no nos pille desprevenidos, los cambios provocan tensión y la tensión provoca estrés y el estrés nos hace más vulnerables, más débiles, menos inteligentes.

 

Aunque da mucha pereza mejorar cuando las cosas van lo suficientemente bien como para pensar en otra cosa que no sea disfrutarlas, debemos estar alertas a los cambios que puedan producirse y tener siempre un PlanB. Y este planteamiento es difícil de entender cuando estamos instalados en nuestra zona de confort y cuando nos están bombardeando constantemente con el disfrute de lo inmediato.

 

No creo, además, que ser feliz consista en estar protegido en nuestra zona de confort, sería como si todos los días del año hiciera la misma temperatura, que siempre brillara el sol o que siempre estuviera lloviendo. Si todos los días fueran iguales, si nunca pasara nada, nunca nos sorprenderíamos de los cambios ni nos enfrentaríamos a ellos, ni valoraríamos lo que tenemos. Si no conociéramos otras circunstancias favorables o desfavorables, nunca tendríamos ningún afán de superación, de innovación o mejora.